En los próximos dos meses veremos cambios importantes en algunas de las principales posiciones del Gobierno. Como ocurre cada vez que una gestión llega a su fin, comenzarán los balances, las felicitaciones, las justificaciones y las listas de logros. Pero hay una pregunta más importante que todas las demás.
¿Qué se hizo con la oportunidad? Existe una frase popular que resume una sensación que todos conocemos. Terminas de comer, te retiras de la mesa y entonces alguien te dice que había aguacate. En ese instante no duele la ausencia del aguacate. Duele saber que estuvo ahí todo el tiempo y que ya no hay manera de aprovecharlo.
Algo parecido ocurre con la función pública. A muchos servidores les es entregada una oportunidad que probablemente no volverán a tener jamás. Se les confía una institución con presupuesto, personal, respaldo político, capacidad regulatoria y poder de decisión. Herramientas que millones de ciudadanos nunca tendrán en sus manos. Sin embargo, algunos pasan por esos cargos como simples administradores del tiempo, esperando que los días transcurran sin problemas y que la historia los deje salir sin daños.
Pero gobernar no es ocupar una silla. Gobernar es utilizar el poder que se recibe para producir cambios que sobrevivan a quien los impulsa. Las generaciones futuras no recordarán cuántas reuniones se realizaron ni cuántos informes se produjeron. Recordarán las obras que transformaron comunidades, las reformas que corrigieron problemas históricos y las decisiones que mejoraron la vida de la gente.
Porque al final, el juicio más severo no lo hacen los adversarios políticos. Lo hace la propia conciencia cuando llega el momento de abandonar el cargo y descubrir que los recursos estaban ahí, las facultades estaban ahí, las oportunidades estaban ahí. Y que el aguacate siempre estuvo sobre la mesa.





















































