La diversificación es una regla básica de las finanzas. No poner todos los huevos en la misma canasta. Pero llega un punto en que diversificar demasiado deja de ser una estrategia y se convierte en un riesgo reputacional.
Muchos grandes empresarios han entrado en decenas de negocios con participaciones minoritarias, sin controlar la administración ni las decisiones del día a día. Desde el punto de vista económico parece una buena jugada. Desde el punto de vista reputacional puede ser un error monumental.
Porque si un gerente comete un ilícito, incurre en incumplimientos, maneja mal una crisis o actúa sin sensibilidad social, la opinión pública no distingue entre accionistas y administradores. La gente no pregunta quién tomó la decisión. Pregunta quiénes eran los dueños.
Y así, empresarios que solo vieron una oportunidad de rentabilidad terminan atrapados en un mar de acusaciones por decisiones que nunca tomaron, pero cuya reputación termina pagando. Ahí está el error de delegar la reputación.
Quien invierte su dinero también invierte su credibilidad. Y cuando sus otros negocios dependen de la confianza de clientes, instituciones y ciudadanos, el daño reputacional puede ser más costoso que cualquier pérdida económica.
Hoy la reputación debe evaluarse igual que la rentabilidad. Porque el dinero puede recuperarse. La confianza, no siempre.





















































