Antes de discutir quién lidera, quién representa a quién o quién debe sentarse en la mesa, conviene recordar algo mucho más importante. El problema nunca ha sido el mensajero. El problema, y también la prioridad, es el mensaje.
Todos, absolutamente todos los que defendemos la libertad de expresión, queremos lo mismo respecto al Código Penal y a los artículos sobre difamación, injuria y ultraje. Si desviamos la conversación hacia quién habla, quién fue invitado o quién tiene legitimidad para hacerlo, terminamos regalándole espacio a una discusión que no cambia el fondo de lo que está en juego.
Las causas importantes no necesitan dueños. Necesitan aliados. Mientras más tiempo dediquemos a medir protagonismos, menos tiempo dedicaremos a defender principios.
Eso no significa que no debamos organizarnos. Al contrario. Este ecosistema de medios digitales, comunicadores y creadores tendría mucha más fuerza si lograra coordinarse alrededor de objetivos comunes. Sin egos, sin competencias por el micrófono y sin la necesidad de que cada victoria tenga un nombre propio. La ciudadanía gana cuando quienes comparten convicciones empujan en la misma dirección.
El ejercicio de comunicar nunca debería ser una competencia de protagonismo. Debe ser una herramienta para mejorar el país. Para interpelar al Gobierno, visibilizar injusticias, servir como contrapeso del poder e impedir excesos. Y también para reconocer cuando las instituciones escuchan y corrigen.
Porque cuando la comunicación se une para defender principios, no gana un medio. Gana la democracia.





















































