Hay una mala costumbre que nos está haciendo daño. Aquí cuesta reconocer el mérito ajeno. Siempre aparece alguien con la rebaja lista, diciendo que si logró eso porque tiene dinero, que si fue por relaciones, que si tuvo ayuda, que si así cualquiera. Nunca falta una excusa para restarle valor al esfuerzo de otro.
Pero casi nadie ve las horas que no se enseñan. Nadie ve el sacrificio, la presión, los fracasos, la disciplina, los días malos, el trabajo callado, las noches largas y la constancia que hay detrás de cualquier logro real. Es más fácil desacreditar que construir. Más cómodo minimizar que admitir que otro sí se fajó y lo consiguió.
Ese comportamiento no habla mal del que avanza. Habla mal del que, pudiendo inspirarse, prefiere convertirse en comentarista de la vida ajena. Hay gente que en vez de salir a buscar más negocios, mejorar su propuesta o elevar su nivel, se dedica a explicar por qué al otro no hay que reconocérselo. Eso no es crítica seria. Eso es demagogia, mezquindad y atraso mental.
Aprenda a reconocer cuando alguien hizo un buen trabajo. Aprenda a respetar el trayecto ajeno. Darle mérito a otro no le quita nada a usted. No lo empequeñece. No lo borra. Al contrario, lo engrandece.
Este país necesita menos envidia disfrazada de análisis y más gente enfocada en producir, crecer y construir. Porque mientras unos viven restando, otros siguen trabajando. Y por eso es que llegan.





















































